Patrimonio y F1

 

La pasada semana, la Comunidad de Madrid reconocía ante el Defensor del Pueblo una carencia preocupante: la falta de capacidad técnica y de personal para proteger el entorno de 219 Bienes de Interés Cultural (BIC). El caso más paradigmático es el del Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias. Pese a ser el cenobio más antiguo de Madrid y ostentar la categoría de BIC desde 1984, sigue sin un entorno delimitado.

Esta orfandad técnica no es una mera cuestión administrativa; tiene consecuencias directas sobre el terreno. La falta de delimitación ha permitido que se proyecten obras de impacto, como estaciones depuradoras, a escasos 500 metros de unas estructuras tan milenarias como frágiles.

El patrimonio no es únicamente la obra aislada, sino el entorno que la abraza y contextualiza. Desproteger su perímetro es, en la práctica, poner en peligro el propio bien y negarle el marco necesario para su conservación.

Si analizamos los presupuestos autonómicos para este 2026, observamos un aumento general del 8,1% en los gastos de personal. Sin embargo, en la memoria presupuestaria no se especifica si parte de esta partida se destinará a contratar a los técnicos necesarios para solventar este grave retraso en la protección de nuestros bienes inmuebles.

Las verdaderas prioridades de la administración

Existe el tópico popular de que cada ciudadano lleva dentro un seleccionador nacional ante un evento deportivo, un filósofo en la barra del bar y un avezado economista cuando se debaten las cuentas públicas. Lo cierto es que los presupuestos son el reflejo más exacto de la ideología y las prioridades de un gobierno. Al ser una cantidad finita, el gasto público solo cobra sentido cuando el esfuerzo fiscal revierte en la sociedad que lo sufraga.

Y es aquí donde el contraste resulta desolador. Mientras el patrimonio languidece, del 11 al 13 de septiembre de 2026 Madrid acogerá en el nuevo trazado MadRing el Gran Premio de España de Fórmula 1.

A pesar del discurso oficial, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento aportarán, a través del consorcio de IFEMA, el 62% de la financiación en un contrato que vincula a la ciudad con la empresa organizadora durante una década. Aunque la consultora Deloitte estima un retorno superior a los 450 millones de euros anuales, los costes reales del evento —marcados por cierta opacidad institucional— dibujan una factura vertiginosa:

Concepto de Gasto (Fórmula 1 - MadRing)

Estimación Económica

Trazado del circuito

Entre 170 y 426 millones de euros

Instalaciones adicionales

Entre 426 y 852 millones de euros

Nuevos pabellones

47,5 millones de euros

Conservación

49 millones de euros

Fee anual de la licencia

25 millones de euros

Personal

13,7 millones de euros

Montaje y desmontaje

11,9 millones de euros

Barreras, protecciones y boxes

13,6 millones de euros

Asistencia técnica y dirección de obra

9,6 millones de euros

Asesoría legal

1 millón de euros

El espejismo del "coste cero" y los fantasmas del pasado

Las proyecciones apuntan a que el circuito albergará a más de 110.000 aficionados diarios (con capacidad de crecer hasta los 140.000), sumando gradas, entrada general y zonas VIP. El dato verdaderamente revelador es que el 45% de estos asistentes serán internacionales. Esto plantea una disyuntiva recurrente: el erario público madrileño acabará sufragando y asumiendo el riesgo de un evento orientado al turismo extranjero, mientras los recursos para proteger la cultura local escasean.

La promesa institucional de un "coste cero" para el ciudadano no es nueva. Es el mismo argumento que escucharon los valencianos entre 2008 y 2012. Aquel Gran Premio urbano terminó costando a las arcas públicas valencianas más de 300 millones de euros e incluyó la quiebra de la empresa Valmor, dejando una deuda de 44 millones que tuvo que absorber la Generalitat.

Hoy, aquel trazado de Valencia, al igual que gran parte de las infraestructuras levantadas para el evento, es un erial abandonado. Es exactamente el mismo escenario de ruina al que se ha empujado al Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias. La única diferencia es que el cenobio ha necesitado nueve siglos para desmoronarse, mientras que a los macroeventos y sus promesas les basta, a menudo, con la indiferencia institucional de unos pocos años.

 

José Manuel Sainz del Río

Grupo de patrimonio cultural_vpmmad

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