Sueña con una pesadilla
Dicen que fue Napoleón, que de empantanar imperios sabía un rato, quien sentenció la trampa definitiva de la burocracia: «Si quieres que algo no se solucione, crea una comisión». Hoy los gobiernos han pulido la técnica. Ya no hacen falta tétricas mesas de caoba ni prohombres de chaqué para dilatar el tiempo, centrifugar la culpa y esquivar la asunción de cualquier responsabilidad que huela a pólvora. Hemos sofisticado la parálisis.
En mis años de galeras en la consultoría informática —esa minería a cielo abierto de la nada moderna— descubrí el arma definitiva, la guillotina contemporánea de la toma de decisiones: el post-it. Consiste el milagro en reunir a un grupo de incautos en una sala acristalada y ponerlos a sembrar una pared de cuadraditos fluorescentes. Piénsenlo. En una reunión clásica, la estupidez se anota en un cuaderno y se la lleva el viento de la amnesia, pero pegar un post-it rojo junto a uno amarillo otorga a la mediocridad una falsa épica arquitectónica. Es una victoria puramente visual sobre la entropía. Un trampantojo de orden sobre el caos. Al final, esos papelitos terminan durmiendo el sueño de los justos en cuanto el pegamento cede, aguardando la llegada de un mesías clasificador que nunca aparece.
Y en esto llega nuestro Ayuntamiento con «Sueña Madrid», que es un nombre como de perfume barato o de gala de Nochevieja, para vendernos su enésima iniciativa destinada a, dicen, «escuchar la voz de los vecinos».
Lo que han montado no es un mural de postits, sino un totum revolutum; una verbena de ocurrencias que lo mismo te invaden competencias autonómicas, que te asaltan las estatales o le disputan la cartera al libre mercado. Son promesas abortadas antes de nacer, sostenidas por un análisis del distrito que parece hecho de oídas a las tres de la mañana en la barra de un bar. A los madrileños les plantan delante unos gráficos lisérgicos, huérfanos de magnitudes y dimensiones; unas rayitas de colores que anticipan, con precisión matemática, el divorcio absoluto entre sus conclusiones y la puta realidad de la calle.
Todo esto, por supuesto, regado con jugosas horas de consultoría externa facturadas a escote por el erario público. La broma nos va a costar un riñón para dejarnos exactamente donde estábamos. Produce una melancolía infinita ver cómo el Ayuntamiento sigue lanzando estos fuegos artificiales de la participación ciudadana, iniciativas estériles que jamás conocerán una triste comisión de seguimiento ni el rigor de un régimen sancionador; los dos únicos instrumentos que diferencian una política pública de un brindis al sol.
A los vecinos, de momento, solo nos queda seguir pagando la fiesta y, si acaso, pedir otro post-it.

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